Cuando hay un rompimiento en las familias

“No puedo creer que esto esté pasando en mi familia”, una frase que nadie quisiera decir. Pero, qué familia no ha tenido problemas y distanciamientos. Sin embargo, la mayoría anhela que todo sea como antes.

Muéstrame una familia que no se haya fracturado —de manera temporal o permanente— debido a una ruptura llena de ira entre dos o más integrantes y entonces quizá empiece a creer en los milagros. Casi todas las personas que conozco parecen haber experimentado un evento angustiante como este, a menudo con dolorosas consecuencias psicológicas y a veces físicas que se trasladaron a parientes que no tuvieron nada que ver con la disputa precipitante.

Los distanciamientos o rupturas pueden comenzar con conflictos financieros, religiosos, políticos, e incluso existenciales. Los factores desencadenantes más comunes incluyen testamentos disputados, discusiones por el cuidado parental, rivalidad entre hermanos y acusaciones de favoritismo.

En ocasiones, el incidente pudo haberse imaginado. Una mujer que había sido víctima de abuso sexual de pequeña acusó en falso al esposo de su madre de haber abusado de su hijo y cortó todo contacto entre el hombre y sus hijos.

Al igual que en el caso de la hija que sufrió abuso, los distanciamientos pueden provenir de un trauma previo que deforma la percepción de la realidad de una persona. O también puede que una pelea que provoca una ruptura refleje años de resentimientos acumulados que nunca se expresaron ni se atendieron.

En un libro nuevo basado en la primera encuesta nacional sobre separaciones y entrevistas detalladas con 100 hombres y mujeres que lograron una reconciliación, Karl A. Pillemer, sociólogo familiar y profesor en la Universidad Cornell y la Escuela de Graduados de Ciencias Médicas Weill Cornell, descubrió que las rupturas familiares eran sorprendentemente ubicuas y a menudo derivaban en aflicciones emocionales y físicas a largo plazo.

Su encuesta aleatoria a 1340 individuos sugirió que “alrededor del 25 por ciento de la población vive con un distanciamiento activo”, dijo en una entrevista. “A algunas de estas 67 millones de personas, no les afecta mucho, pero la mayoría de las personas experimentan la ruptura como algo desagradable”.

Así como lo escribió en el libro “Fault Lines: Fractured Families and How to Mend Them”, publicado en septiembre: “Incluso en nuestra sociedad que cambia con tanta rapidez, las relaciones familiares son importantes”. Para la mayoría de la gente, las separaciones son una fuente de estrés crónico que amenaza su “bienestar mental, social y físico”, concluyó Pillemer.

Yo sé que esto es verdad porque lo he vivido. Una tía querida, que se convirtió en mi madre sustituta luego de que mi madre biológica falleció cuando yo iba en el bachillerato, me sacó de su vida abruptamente cuando, en lugar de casarme con un judío como nosotras, me casé con un cristiano. Hice tres intentos importantes para reconciliarnos, los cuales ella aceptó en un inicio y luego saboteó. Entonces mi esposo dijo: “Nunca más, ya te lastimó demasiadas veces”.

Yo no paraba de decir: “No puedo creer que esto esté pasando en mi familia”, un refrán que Pillemer escuchó con frecuencia entre sus entrevistados. Y, como él descubrió, suele haber un “daño colateral” cuando otros miembros de la familia quedan implicados en una disputa que no tenía nada que ver con ellos. Yo perdí la que había sido una relación cálida y amorosa con la hija de mi tía, mi prima hermana. Jamás se enmendó.

Entre los entrevistados de Pillemer hubo niños que nunca conocieron a sus abuelos o que se perdieron todo tipo de eventos familiares —reuniones festivas, cumpleaños y aniversarios, bodas, viajes de vacaciones, e incluso funerales— debido al conflicto entre dos parientes adultos.

Las rupturas no resueltas pueden provocar un estrés crónico en uno o ambos participantes que perjudica su salud física y afectiva. Varios estudios han sugerido que la ansiedad y la depresión subsecuentes pueden empeorar las enfermedades cardiacas y la diabetes, provocar problemas reproductivos, socavar la respuesta inmunitaria e incluso acortar la vida de una persona.

Por otro lado, los distanciamientos a veces pueden beneficiar la salud de la persona que los precipita. Por ejemplo, hay personas que quizá sacan a un pariente de su vida porque abusaba de ellas de manera física o emocional, o porque estaba involucrado en actividades delictivas, o en otras conductas antisociales que les parecen amenazantes o abominables.

Un primo a quien visité con alegría muchas veces de niña desapareció de mi vida para siempre cuando se casó y su esposa cortó todos los lazos con su familia porque el suegro era un delincuente.

“Las separaciones pueden ser adaptativas”, me dijo Kathleen Smith, terapeuta familiar en Washington y autora de “Everything Isn’t Terrible”. “Los distanciamientos pueden ser una manera de resolver niveles insostenibles de tensión y ansiedad”.

Sin embargo, Smith agregó que las personas deberían darse cuenta de que las rupturas familiares a menudo tienen un precio, sobre todo en lo que Pillemer llama la “pérdida de capital social”: las personas con las que puedes contar para recibir apoyo espiritual, físico o incluso financiero en momentos de adversidad o estrés. ¿Quién te ayudará a cuidar a tus hijos o a administrar el negocio familiar cuando tus padres estén enfermos o heridos de gravedad?

Por lo general, reconciliarse no es sencillo, pero las personas que Pillemer entrevistó y habían logrado hacerlo dijeron que valía mucho la pena el esfuerzo. Yo puedo confirmarlo. Este verano, ayudé a resolver una ruptura llena de ira entre dos parientes —padre e hijo— que yo sabía que se amaban y se necesitaban de verdad, pero que tenían opiniones radicalmente distintas sobre cómo vivir la vida. Aunque había estado gestándose bajo la superficie, la última pelea se desató por correos electrónicos demasiado francos llenos de acusaciones furiosas y dolorosas de parte del hijo y frases como: “Me arruinaste la vida. No puedo vivirla con tu presencia”, lo cual hizo que el padre le enviara una respuesta detallada en la que negaba cualquier ofensa.

Aunque no tengo formación en psicología, comprendo, amo y tengo el respeto tanto del padre como del hijo, pero estaba lo suficientemente desapegada de la situación como para ser objetiva. Por suerte, mi intervención facilitó una reconciliación conmovedora y les dejó herramientas para ayudar a mantenerla, las cuales, por casualidad, son parecidas a varias de las sugerencias de Pillemer. Lo más importante fue que les dije a ambos que, si querían que durara esta reconciliación, tenían que dejar de recordar heridas pasadas e iniciar peleas hirientes a fin de poder iniciar una nueva relación con nuevas bases que vaya hacia adelante, no hacia atrás. Pillemer lo llama “vivir hacia adelante”.

Él escribió: “La gente quiere imponerles a los demás su perspectiva de cómo fue la relación en el pasado. Insiste en que la otra persona debe entender lo que realmente sucedió y admitir sus errores primordiales”. Por ejemplo, dos hermanas sobre las que escribió se distanciaron por mucho tiempo, luego se reconciliaron y descubrieron que “repasar el pasado simplemente no nos iba a funcionar; aprendimos cómo ir hacia adelante juntas”.

Pillemer afirmó: “Cortar a alguien de tu vida quizá te brinde un alivio inmediato del conflicto y la negatividad, pero la mayoría de las personas anhelan un regreso a la relación y sienten que la ruptura les impide vivir una vida plena”. Frases como: “Ya me harté” y “Se acabó”, no siempre significan que algo se terminó para siempre. Tanto Pillemer como Smith sugieren comunicarse periódicamente con esa persona para mantener el contacto e intentar lograr una reconciliación. Las personas y las circunstancias cambian, y algún día tal vez sea posible zanjar esa brecha.